viernes, 15 de febrero de 2019

El muerto ajeno




Javier Martinez (Manal) en un libro sobre la vida y obra de “Tanguito" (1) dice algo muy acertado respecto a nuestro pensamiento argentino cuando los artistas mueren: “Este país tiene un amor y una enfermedad por la necrofilia muy grande y debe curarse.”

No solo tenemos a Spinetta y a Cerati como la culminación de lo que “no debe tocarse”, sino que se le pone una carga social y cultural que (independientemente la tengan o no) los lleva a un lugar de “no reproches” en todos sus ámbitos (¿indirectamente?) a lo directamente social como status de una clase determinada que quiere (o no puede al mismo tiempo) pertenecer a ella. 

Siempre dá un poco de vergüenza ese pensamiento tan nuestro sobre determinados personajes, porque siempre recae de alguna manera en lo mismo: el status social como imposición propia para saber si debe criticarse o no.

Spinetta en Belgrano podía decirnos lo que quiera, pero el Indio Solari en Parque Leloir no.

Cerati desde Nuñez podía recriminar cualquier cosa, pero Luca jamas desde San Telmo. 

Al Indio Solari le viven achacando a Walter Bulacio y a las dos personas en Olavarria, pero Soda Stereo tiene sus primeros 5 muertos en San Nicolás en 1987 y más de 200 heridos.

Una vez el Indio Solari hablando sobre Luca Prodan dijo: “En este país, los muertos son invencibles”. Pero como así Spinetta le achacaba a Luca el cantar en inglés y solo jactarse de eso o el propio Charly Garcia decía que Luca era como “un antagonismo no sé de qué cosa.”, cabe resaltar que Spinetta tiene un disco en inglés que siempre quiso ocultar de 1979, lo detestaba y encima fue producido por Guillermo Vilas (?). 

Los argentinos amamos a nuestros muertos, aún más, cuando son triunfantes en su propia derrota, pero no deja al mismo tiempo de echarlos, marginarlos o incluso negarlos como propios de una cultura que, ya de por sí, es en excesiva amante de lo ritual pagano en cuanto a personas dentro de una estampita para tranquilidad espiritual, musical o (para peor) como justificación de una sociedad. Puedo coincidir en lo que decía Maria Kodama sobre el argentino y la muerte de sus próceres: “El argentino siempre fue egoísta y deja que sus personajes mueran fuera del país.” Y no solo porque en ese momento hablaba de Borges muriendo en Suiza para que su muerte no se “convierta en un desfile de vergüenza”, como diría el propio autor, refiriéndose a las ya olvidadas fotos de Balbin en coma para la revista "Gente", sino que también pasaba con San Martin, con Juan Manuel de Rosas, con tantos otros. 

Nos encanta poner la vela en los santos pero siempre debe ser en la medida justa; ni tan cerca para terminarlos quemando ni tan lejos para que no podamos verlos y apreciar, al menos, algo de ellos. La luz, lo espiritual, lo “mágico” es  propio de cada persona y no deben ponerse las expectativas personales y/o espirituales dentro de un artista y mucho menos si se lo toma como algo “intocable”, como una luz y un genio donde ya no pueda existir una discusión posible. 

Ninguna muerte vale más que otra, pero si está un poco maquillada de status se ve un poquito menos. 

Vivimos amando al mismo tiempo al artista que muere en la nada, pero que también nos encanta verlo triunfante en su derrota, como un pájaro de mal agüero que solo apreciamos a lo lejos, “por las dudas”, porque si nos adentramos demasiado en su pensamiento quizás empezamos a dudar y eso no seria bueno para nuestras costumbres judeo cristianas que tanto amamos preservar.

"...Hasta lo que pensamos podría estarlo pensando el también;

nos hemos repartido como ladrones

el caudal de las noches y de los días." (2)


(1) "Tanguito. La verdadera historia", Victor Pintos. Editorial Planeta.

(2) "Remordimiento por cualquier muerte", Jorge Luis Borges. Editorial Emece.