lunes, 10 de febrero de 2025

Acá, allá y en el presente

(Esto es una recopilación de algunas experiencias propias, junto a otras que me fueron contadas por personas años atrás )


Acá: Se vuelve a levantar muy temprano para poder viajar e ir a estudiar. No lo hacia desde hace años. Va con su tía que justo hace el mismo trayecto, pero la realidad es que siente (y percibe falsamente) que está solo. Le pregunta si le da un alfajor para amainar al estomago en el viaje. Le vuelven las mismas viejas ganas de vomitar en un viaje largo donde el trayecto se convierte en la vieja pesadilla que pensó jamás volver a vivir. Se vuelve a sentir en la pobreza como antes. Ramos mejía no tiene nada nuevo para el, ni siquiera su estación. Mira venir el tren con la gente esperando como espartanos para subir y lo único que desea es tirarse debajo de el. Pero nunca lo haría: sabe que sus hermanos, sobrinos, padres y amigos lo aman. La situación no lo vale. Bocina del tren. Ruido. Mucho ruido. No tienen derecho a presenciar un cadaver todo destruido. Solo son pensamientos. Se da cuenta que el subte allá en capital es lo mismo que el tren acá: un duplicado ganado pero (quizás) vestidos de una manera distinta. Eso lo consuela. Pero solo por minutos. Igualmente debe subir rápido , sea cual sea el lugar donde despierte. 

Piensa. Solo piensa. Seria mejor una ingesta masiva de medicación para al menos dejar un cuerpo. Tampoco. Nada. Tampoco tienen por que pasar eso sus allegados. Ya que, como le han dicho hace poco, esto también pasara. ¿Esto también pasara? 

Recuerda a Eduardo, un viejo amigo que arreglaba laser de Play Station, donde afirmaba que a veces las consolas se esfuerzan mucho por leer los discos. Que era como mirar a una cuadra de distancia una vela encendida: uno puede reconocerla, pero la vista se termina lastimando. Piensa en su esperanza del presente y como se asemeja a esa misma vela mientras se ceba un mate en el tren. Le viene a la mente cuando criticaba en el pasado silenciosamente a los que hacían lo mismo en el colectivo. Que no entendía por que debían desayunar algo justo ahí. La frase antigua de su madre conversa en los vagones: "A veces el hambre tiene cara de hereje..." 

Allá: De repente, en un momento de lectura en el tren, lo golpea una imagen que en su mente está por existir en un futuro cercano. Su ex pareja entrando en cualquier ámbito que el capitalismo le provee conociendo(y la reconozca) cualquier hombre. En una reunión. En una fiesta. En el trabajo...en el trabajo...el trabajo...el trabajo. 

Recuerda ese texto donde Fisher aclara que "...nadie ve la totalidad del sistema capitalista (la forma en el que el trabajo, las relaciones sexuales y las mercancías se entremezclan), nadie lo ve mas claro que la persona excluida del trabajo...". Hace su pequeña lista de cosas positivas, la misma que le dio su psicólogo, sus familiares, sus amigos. Esa misma que hace Woddy Allen acostado en su sillón en Manhattan cuando pierde a su amor. Debería grabarselo al igual que hizo ese personaje. Debería. Pero el personaje tenía un trabajo. 

Presente: Vuelve al aula y se siente un extranjero. Alguien que esta falsificando su presencia en el ámbito académico, sin una autorización incluso simbólica. Llega tarde y eso lo hace sentir aun mas extraño. Siente que jamás debería haber vuelto, que sus años perdidos incluso ya han pasado. Lo toma una ilusoria indiferencia de sus compañeros que no es tal. Es como la raíz cuadrada de una desesperanza: tarde para volver a estudiar, tarde para volver a empezar...pero siempre temprano para terminar con todo. Un todo. El todo donde todo cuadra. Para el, ahora la totalidad debe tener un sentido. Quiere escapar del salón. No puede hacerlo. Aparecen nuevamente las ganas de vomitar. Pero, ¿por que? Si ya no está viajando. No hay respuesta. Quizas no hay nada que responder. Quizas solo se deba vomitar de una buena vez. 

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