sábado, 5 de noviembre de 2022

Nick Drake: No habrá más nostalgia ni olvido…solo una tarde gris.



Hace más de medio siglo que Nick Drake nos venía avisando sobre el final de la fiesta. Y no porque se halla quedado siendo el ultimo invitado; el mismo hizo los preparativos, la disfrutó y luego quedo limpiando todo el desastre. El problema, claro, era que mientras todo seguían en la algarabía él ya había planeado la celebración tal cual era: Lo festivo en sí, era limpiar lo que uno mismo había dejado. La fiesta era el desorden.

En la mente del depresivo no hay mundos. El momento en sí, (o en cualquiera) debe estar sujeto a cualquier especie de organismo de vida o que pueda –en cualquier caso- tener algunos elementos para que esta pueda darse en alguna circunstancia, momento o lugar. Pero si así fuere, entonces podemos concluir (en el caso que de que esta teoría sea cierta) que, si no hay mundos, por ende, ese “no mundo” seria un “no-lugar”, algo que está en el medio de dos existencias a los cuales el depresivo intuye que ya no puede volver jamás porque siente que se lo quitaron a la fuerza, y en el otro donde desea (y no quiere, sin saberlo) que no exista una salida de emergencia.

Nick Drake en “Place to be”, de su álbum Pink Moon, (Para muchos, su testamento musical) nos habla de alguien que ya siendo viejo debe levantarse “a limpiar el lugar” [“And now I'm older, gotta get up, clean the place”], que fue por culpa (y el darse cuenta) de ver cara a cara “la verdad colgando de la puerta” [“I never saw the truth hanging from the door, And now I'm older, see it face to face”]. Pero parece que Drake nos está haciendo más una pequeña confesión descarnada que una queja disfrazada con millones de excusas. Está avisando que nunca supo nada, que nadie le aviso de ante mano lo que se venía al ir experimentando el paso del tiempo ya que, en primera estancia, lo estafaron con la existencia. Nick nos describe que ya estuvo en otro mundo (no-mundo) donde era “Joven, más joven que antes” [“When I was young, younger than before”] y que en ese lugar no había “verdades”, no existían certezas ni carteles donde le “vivían” comunicando como debían ser las cosas. Era una consciencia dentro de una especie de inconsciencia. Drake nos trata de convencer (casi sin fuerzas, susurrando mientras nos canta) que existe ese lugar/no-lugar, incluso donde los colores son más colores que los propios que existen en este mundo (mundo que Drake sabe muy bien que no pertenece ni quiere hacerlo) aclarando que el mismo pudo comprobarlos en propia no-carne y no-existencia, que es a donde anhela volver y “Estaba verde, mas verde que la colina” [“And I was green, greener than the hill”]. Pero no solo eso, el no-mundo/lugar que Drake nos describe hace gala de algo “Donde las flores crecen y el sol brilla todavía” [“Where flowers grow and the sun shone still”]. ¿Acaso las flores no crecen en nuestro mundo y el sol no brilla después de millones de años? ¿Acaso estaba en un no-lugar donde todo solamente “es” y no se nos permite hablar de lo que “fue” o “será”? La idea de un paraíso eterno donde el tiempo no existe realmente es tentadora ¿No es así? Es por eso que Drake suplica por un mundo, un lugar, una existencia, pidiendo ayuda, “Un lugar para estar” [“Just hand me down, give me a place to be”]. Ya ha tomado consciencia (para su visión, demasiado tarde) de que es parte de nuestro mundo y debe aceptarlo a la fuerza.

Los momentos exacto en el cual un depresivo se sumerge nunca estan del todo claros. El peso del cuerpo se queda anclado a la cama, inerte, sosteniendo algo que esta más allá de uno y no puede soltar, aunque se estuviese matando de un modo milimétrico del alma. Tal como diría el tango: “Abrazado a un rencor”.

Al ser adulto, la jornada laboral  para el depresivo es la obligatoria para todo el mundo, la misma que acarreamos desde el nacimiento, el mantenernos vivos. Y acá no existen vacaciones pagas, ni tiempos de ocio en los que uno pueda distenderse después de un día extenuante. No, señor. La vida no tiene descanso por que “Todo lo que así se refiere trata de persistir en su ser”, condenaba Spinoza. Y lo de Nick Drake no tenía por qué ser de otra manera. No. El no era tan especial como los estoicos griegos o los poetas del romanticismo. Lo suyo era mucho más banal en un pequeño pueblo de Inglaterra. Solo le quedaba vivir (y tratar de comprender) cobardemente, dia tras dia, esos precisos momentos de inercias en el alma. 

El repentino y visceral odio hacia uno mismo, como al propio mundo que seguía su curso por el simple hecho de seguir en la vorágine diaria ancestral, es algo que Drake no podía entender. ¿Como que el universo todavía funcionaba?.

Haciendo un anacronismo, Gardel, en “Sus ojos se cerraron”, maldecía como una sentencia a la existencia misma por seguir con su rutina absurda después de perder (claramente de una forma tajante como es la muerte) a su amor. Él no iba a pactar de ahora en más con todo lo que lo rodeaba ya que había alguien en el mundo que no existía ni iba a existir nunca más como ser, independientemente que a la naturaleza esa noticia le sea tan esquiva como un tsunami que podía llevarse la vida de millones. La madre tierra debía llevarse todo nuevamente a su vientre, a donde pertenece, como lo viene pactando con si misma desde el inicio de los tiempos. ¿Pero, hacérselo entender al ser que había quedado de este lado del mapa espiritual? Jamás. Su amor había muerto, sus ojos se habían cerrado y “el mundo sigue andando”.

Y claro que a Nick Drake le molestaba que todo siga en movimiento, si el mismo ya no podia seguir algun curso, convirtiendo su alma en un atardecer constante, donde existe un canto a toda hora que le vivia “susurrando” que ya nada puede llegar a ser cierto o darle un sentido de existencia. No es el canto del universo que calla, era su voz la que vivía cantando a toda hora lo que le habra resutado insoportable en esos momentos. El cantar silencioso de la vida que seguía coralmente le resultaba quizas tan aturdidor como inquebrantable, aunque ya la ruina estaba sucediendo al no poder continuar en esos ultimos años que van de 1972 a 1974. 

No había un silencio, ni siquiera varias voces (que, si así hubiese sido el caso en plural, podían perderse en la multitud del tiempo al menos), sino una “gran” voz. Una voz “líder”. La voz capitana de su propia existencia que no solo lo obligaba (de una manera claramente compartimentada y dividida entre alma-espíritu, por un lado, con el mente-cuerpo del otro) a vivir sino también a morir, pero no eligiendo el método siquiera.

Nunca coincidí con la idea de que el universo de un depresivo todo está determinado en el binarismo de vida-muerte, sino que es una especie de gris que, para peor, tiene su propia sombra.

 Y  tristemente, para Nick Drake, la sombra era el mismo. 






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